Nació en Ovalle, ciudad de la Región de Coquimbo en 1941. Su padre, conductor de ferrocarriles del Longitudinal Norte lo llevó a vivir a Santiago cuando solo tenía un año, pero la capital era un monstruo grande que pisaba fuerte y fue devuelto al Limarí. Años más tarde llegó a la ‘Escuela Normalista’ para convertirse en profesor de Castellano. Ha ganado docenas de premios literarios y concursos municipales. Citoyens 102.5 FM conversó con el escritor y académico Rolando Rojo Redolés, candidato al Premio Nacional de Literatura 2018.

Su postulación al cetro literario mayor lo enfrenta a un nuevo escenario de vida: “es por la responsabilidad que tiene, por el peso que significa el Premio Nacional de Literatura, por la cantidad y calidad de los escritores que lo han recibido”. Su candidatura fue encendida por ‘Mago Editores’ y apoyada por muchos cercanos y lejanos al mundo de los libros. Hoy por hoy le quita el sueño a Rolando Rojo.

Se le preguntó sobre sus dos pasiones, es decir, elegir entre la máquina de escribir y el aula, Rojo escogió ambas porque “me gustan las dos cosas y puedo hacer las dos cosas”. Durante la Unidad Popular militó en el Partido Comunista y se desempeñó en labores administrativas en el Ministerio de Educación hasta que llegó el Golpe de Estado, y gracias a una ‘Beca Pinochet’, fue albergado en el Campo de Concentración de Chacabuco, en el Norte Grande. Allí escribiría un primer poema que fue leído en medio de la magia del silencio en pleno desierto chileno, frente a sus compañeros detenidos.

Sus temas recurrentes van desde los barrios, la dictadura y el exilio en Argentina, pero con fuerte influencia de largas conversaciones con su abuelo, de tal destino que su novela “El último invierno de mi abuelo” fue dedicada al viejo patriarca.

Santiago en los años 50, en el sector poniente, no era el mejor ambiente social para el pequeño Rolando y su padre decidió que debía volver a Ovalle cuando tenía 12 años. La calle Andes del barrio Mapocho estaba colmado de cités, pasajes y prostíbulos empobrecidos. Muchas de esas experiencias de vida estarían – años más tarde – en las hojas entintadas de sus obras.

Alberto, un personaje alter ego de Rojo deambula por sus historias. En el “Cumpleaños”, aparece como un citadino que ha perdido todas las esperanzas de felicidad después de varios fracasos amorosos, laborales y sociales que terminan en el suicidio, porque es un “perdedor” innato del siglo XX. “Hay mucho de Alberto en mí, este sentido casi pesimista de la vida, a veces, no encontrar salida a las situaciones, aunque yo he estado en situaciones muy extremas, muy dramáticas y he logrado salir” – reconoce el escritor.

En 1975, en el exilio trasandino, desesperado por su situación económica, se inscribe en la ‘Asociación para Refugiados’ europeos que mantenía el gobierno argentino en provincias. Allí en plena pampa, durante meses compartió como bibliotecario con ex jerarcas nazis, nobles rusos y exiliados sudamericanos, relato que plasmó en “La muerte de la Condesa Prokovich”, su primera novela.

“El mundo no cambia en una tarde de sábado, Susy”, un relato que va configurando paralelamente el derrumbe conyugal con la muerte de los barrios de aquel Chile de los años 50 y 60. Cines rotativos, fuentes de soda, peluquerías, almacenes, bazares y clubes deportivos, donde “había una cuestión solidaria interna (…) se hacía vida de barrios” – recordó Rojo.

“Usted es un escritor clandestino”, le habría dicho alguna vez el periodista y escritor José Miguel Varas. “Nunca he sido publicado por una editorial grande, y son las editoriales grandes las que te hacen popular” – dijo Rolando Rojo. Si bien el Premio Nacional de Literatura le quita el sueño, espera taciturno el veredicto final, mientras sigue realizando talleres en el Barrio Yungay, y dándole fuerte y claro a la escritura.

Volver a escuchar la entrevista: viernes 20 de julio.