El año 2017, el Congreso Nacional aprobó el ‘Día nacional del feriante’ (1 de octubre) para rendir tributo a un oficio que acompaña a Chile desde su Independencia y que produce toda una cadena de valor que va desde las chacras a las ferias libres y los puestos permanentes en la Vega Central. Conexión Patrimonial conversó con Arturo Guerrero y «la joyita» Clarisa Sepúlveda, sobre el oficio patrimonial del vendedor de frutas y verduras en la Plaza de Abastos.

La Vega nace con la inauguración del Puente Cal y Canto, lo que permitió conectar el Santiago de La Chimba con el centro capitalino. En 1895 comienza la construcción de los puestos hortifrutícolas, llegando en 1916 a los 6,000 m2. Es la época de un virtuoso tránsito de mercaderías y personas entre la Estación Mapocho, el Mercado Central, y La Vega, espacios que forjaron la cultura popular en oposición a la élite capitalina.

“Después de Dios está la Vega”, dijo Guerrero, es el lema que motiva a miles de trabajadores alrededor de este centro que no solo comercializa frutas y verduras. Arturo fue cargador, vendedor y productor de hortalizas y frutas, todo heredado de sus padres Elba Cortés y Domingo Guerrero, quienes emigraron del Valle de Elqui a la capital, hace más de 80 años. Luego, Clarisa a sus 17 años, conocería a Arturo en la Vega y unidos por el trabajo y el amor no se separarían más.

Su puesto ‘Xuxa me pasé’, es el testimonio de 44 años de una dupla de oro que se ha ganado el cariño y el respeto al interior del recinto y de los fieles clientes que llegan todas las semanas. La ideóloga del nombre fue Clarisa por recomendación de un pintor de letreros, “había un caballero que vendía los cartelitos” y le aconsejo dicho apodo al local – agregó la ‘joyita’.

La ubicación de la Vega Central – en pleno siglo XX – pasa de la calle Loreto con Avenida Santa María a Mapocho con J.J. Pérez, ya que los productos “venían de la provincia de Chacabuco, Colina, Lampa, y necesitaban un lugar, y yo creo que los curas franciscanos facilitaron el espacio (actual)”, relató Guerrero. En pleno barrio de La Chimba, junto a esta Plaza de Abastos, surgían toda clase de mezclas sociales y culturales, en medio de chinganas y burdeles.

Más adelante explicó que “el mundo agrícola es un mundo que es de mucho esfuerzo (…) y que cuesta que la gente les reconozca”, porque frente a los desahogos económicos de las familias lo primero es alegar porque la fruta y la verdura subió de precio, expresó el relacionador público e ‘ícono mediático’ de la Vega Central.

Clarisa relató que la jornada de un ‘veguino’ es muy sacrificada, “es de 24 horas”, porque hay trabajadores que llegan a las 4 de la madrugada, incluso algunos mucho antes, y en ciertas temporadas el día anterior. Por este lugar pululan cesantes, vagabundos o alcohólicos, quienes encuentran aquí un lugar de acogida para subsistir. Además, se nutre con músicos y establecimientos de comida (La Vega chica), que potencian el ethos de este tradicional espacio capitalino.

En la época de la Unidad Popular, su vocación política lo llevó a militar en las Brigadas Ramona Parra, como jefe regional norte, sin dejar su amor por la producción y venta de sus “primores”. “Lo político me gustaba mucho y tenía que tener monedas para comprar pinturas”, a pesar que reconoce que la Vega arrastra una vocación “derechista”, y que es parte de la “magia” que se produce en este espacio de diversidad ideológica y multicultural que sobrepasa los 20 mil trabajadores.

La gastronomía también ha variado la oferta de la Vega con la migración extranjera. Clarisa ya tiene en su puesto ciertos productos novedosos a la venta, tales como el ají dulce, ajo puerro, queso frito, plátanos, harinas y arroces, entre otras delicatessen.

Para Arturo Guerrero: “la Vega lo tiene todo. Tiene romanticismo, tiene poesía, tiene alimentación (…) tiene la conexión con la madre tierra (…) la Vega es un patrimonio que nunca debe desaparecer y que rico que llegaron generaciones de otros países porque la están queriendo tanto”.

 Volver a escuchar la entrevista: viernes 24 de agosto.